Instinto protector

Con cada curva el movimiento es inmediato. Manos de cuerpos diferentes se apresuran a sujetarlas para que no cedan a la inercia. Se rozan, se miran, sonríen.

Las cuatro horas a la intemperie no les afectan demasiado. No hay señal de dolor ni resentimiento. El agua de la lluvia incluso las ha rejuvenecido un par de días.

Las mismas manos de los mismos cuerpos diferentes vuelven a velar por su bienestar en el trayecto de vuelta. Finalmente deciden acogerlas en su regazo ante la amenaza de giros imprevistos. Ahora viene lo peor, piensa el más pequeño de los cuerpos, el más inseguro. El traslado al metro será el auténtico reto. Sofocante, histeria contenida.

Los codos, pertenecientes a ese ser asustadizo ya separado del ser seguro y confiado, se dilatan con tono guerrero. Saben con lo que se enfrentan. Escudos. Los dedos de las manos se estiran, separándose unos de otros para duplicar el tamaño de las palmas que enseguida las abrazan. Las acercan a los pectorales, ellas tan frágiles, tan vulnerables, yo os protegeré. Ellos, los demás, se mantienen firmes, inmunes al aroma, a la belleza de sus pétalos, de los pistilos, de los estambres y las anteras. Desalmados. Por fin, un sitio vacío, el cuerpecillo toca casa y casi se duerme de placer. Están a salvo, musita, ya están a sal… vo.



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