Alicia y la liebre
Publicado: 23 junio 2011 Archivado en: Pensamientos puros e impuros, Taipei | Tags: Alicia en el País de las Maravillas, Deporte, Lingguan, MRT, Taipei Metro Hash, Tiger Mountain Deja un comentario »El filo de la navaja va desgarrando los paquetes. Sin dolor. La harina se rinde al perder consistencia y se introduce obediente en el interior de una bolsa más grande. Observo con atención. Dos kilos y medio más dos kilos y medio, cinco kilos en la mochila. La mochila a la espalda.
A las 19.47 la liebre se escapa corriendo hacia la montaña dejando un rastro blanco intermitente que servirá de guía. Unos quince minutos después las mujeres -emulando a Alicia en el País de las Maravillas-, salen tras ella, aunque nadie aspira a alcanzarla. Es rápida esta liebre.
Escaleras interminables, escaleras que tiemblan. Eso es lo que nos espera. Tumbas, más tumbas y una equis en una de las lápidas. Es el primer punto de encuentro, donde el camino se bifurca y hay que elegir el tramo adecuado. Estamos en medio del cementerio y es DE NOCHE. Los hombres, retrasados del grupo intencionadamente, se aproximan, según anuncian sus voces, sus gritos. Se me ocurre pedir perdón a los habitantes del lugar por las posibles molestias.
On-on, grita alguien desde la distancia, un ‘por aquí‘ se ahueca en el silencio de la noche. Tenemos dirección otra vez. Organizados como un ejército, todos abandonamos el cementerio y giramos, unos detrás de otros, hacia el sendero que nos conducirá a la montaña. Hay que atravesarla.
Es lista esta liebre. Y rápida.
- Imagínate, hace poco corrió media maratón (21 km) por primera vez, en la montaña, y fue el… ¿tercero o el cuarto de su categoría?
- El primero-el primero, fue el primero, se apresura una voz ronca de orgullo.
Las luces de las linternas se clavan en el suelo, la mía oscila y se balancea con cada movimiento indeciso. El terreno es, pese a la ausencia de lluvia, resbaladizo, a veces simplemente inesperado. Cuidado con las piedras, ahora una pequeña pendiente, xiaoxin xiaoxin, pasa entre dos edificios separados por apenas 30 centímetros. Siempre corriendo, siempre con el paso acelerado. Se trata de eso.
- ¿Es por aquí? Sí sí, ahí está la harina. Más escaleras. Oh, no.
- No mires hacia arriba, tú concéntrate en los escalones uno por uno.
Resoplidos, rodillas, resoplidos. Ruidos entre los árboles. Los animales protestan por la intromisión de los corredores.
De repente.
(Silencio)
Ohhh.
(Silencio).
Dos de las corredoras en la cima, con los párpados contraídos de placer, se deleitan con la vista, un collage de colores atravesado por la imponente torre del 101 cubre la ciudad gris de Taipei. Una de ellas, extasiada, embelesada, conmovida, agradecida -nunca ha visto la ciudad de Taipei de noche, tan cerca, tan real- sonríe a la liebre. Donde quiera que esté en ese momento. Porque esta liebre es…
- ¿Seguimos?, me despiertan.
- Sí, vamos.
Correr cuesta abajo es el segundo regalo de la noche. Los músculos de las piernas se dilatan con cada golpe en el suelo y las escaleras son ya solo un recuerdo. Una brisa, suficientemente fresca, perfecciona la sensación y no queda más remedio que soltar una carcajada nerviosa cuando alguien sugiere que los cables a los que nos estamos agarrando son eléctricos. Elige: electrificada o despeñada. Ja.
El último tramo. Es el más peligroso. Porque la mente ha comenzado a relajarse, y se corre el riesgo de que se rebele y exija rendición. Sólo un kilómetro más, indica la señal, quizás incluso menos. Las últimas reservas de energía se concentran en los cuádriceps, la carretera ¡¡Inma, está en rojo!! absorbe sin piedad esas últimas calorías -qué sed tengo- y allí están todos.
Busco con disimulo a la liebre. Al fondo. Me acerco.