Vive para comer en Singapur

Instrucciones de uso: coloque la mano como si estuviera agarrando un tomate o un pequeño animalillo y deje que la sustancia pegajosa caiga. ¡No, no! No tiene que presionar ningún botón. Se activa de forma automática. Eso es. Cuando crea que la cantidad es suficiente para obtener la higiene deseada, desplace ambas manos hacia el grifo y de nuevo aguarde. Sólo una décima de segundo. Inmediatamente el agua comenzará a salir y usted sólo tiene que frotarse las manos, como si acabara de hacer la operación financiera más exitosa de su carrera profesional. Si necesita más instrucciones sobre cómo conseguir una limpieza absoluta, gire un poco la cabeza, así, hacia la derecha, y podrá leer una serie de pasos que, encantados, le recomendamos.

Llegados a este punto, cada uno puede imaginarse el proceso como quiera porque no voy a describirlo (si hay alguien muy interesado puedo enviarle un email y explicárselo). Por cierto, la cisterna también es automática, por si a algún despistado se olvida…

Todo eso fue lo primero que me encontré al aterrizar en Singapur. Tan solo cuarenta y ocho horas después de enfrentarme casi a diario a un agujero en el suelo en el que tienes que atinar mientras con una mano sujetas la puerta porque el pestillo está roto y con la otra te sostienes los pantalones para que no se mojen…

Singapur está limpia. Muy limpia. Es la ciudad de los centros comerciales y de la comida. Come y compra. También puedes hacerlo al revés. O al mismo tiempo. “Aquí no comemos para vivir, vivimos para comer”, bromea mi amiga Syn. Sea la hora que sea y aunque en la calle haga un calor asfixiante. La pulmonía está casi asegurada porque el aire acondicionado de los autobuses, del metro y de los comercios está al máximo. O mejor dicho, al mínimo. No hay término medio. Entras sudando y sales tiritando -y temiendo que el resfriado se convierta en una gripe que te retenga durante más de una semana en un hospital (en algo más de una semana me han tomado la temperatura en cinco ocasiones para entrar en los edificios).

Cuando llegué, las rebajas acababan de empezar. “Éste tiene el 50%”, intenta convencerme Mike, uno de los hermanos, para que me compre un vestido magnífico de una marca cuyo nombre intento olvidar –mi amiga se casaba el 26 de junio y no quería avergonzarla demasiado-. “Sí, pero es que con el 50% me cuesta 300 euros”. Trescientos euros… con eso, pienso, con eso puedo vivir perfectamente un mes en la India… (Sé que habrá muchos que en estos momentos se estarán llevando la mano a la barbilla y con un ligero meneo de cabeza renieguen de mis preferencias y de mi falta de estilo. Siento la decepción… o no, creo que no lo siento… mmm… siento no sentir que lo siento, pero no siento sentir lo que siento… bueno, da igual, que me estoy haciendo un lío, que no me compré ese vestido es lo que quiero decir y mucho menos después de ver a la gente formando colas para entrar en las tiendas).

En cualquier caso, no voy a mentir. La carne es débil y casi tres décadas (que todavía no se han cumplido) embutida en una sociedad consumista tienen que salir por algún lado. Así que no voy a negar que durante los días que pasé en esa ciudad fue fuerte la tentación de recibir un tratamiento de belleza en un spa japonés, comprarme unas lentillas que agrandaran mis ojos, vestir los últimos modelos de los más prestigiosos diseñadores coreanos, acudir a uno de esos centros donde ofrecen los programas de reducción de peso más avanzados (¡ocho kilos en un mes, niña!), e incluso de hacerme con una videoconsola, ¡no, no, mejor con el iphone!… De la comida, mejor no hablar demasiado. China, japonesa, coreana, tailandesa, italiana, francesa, india, árabe… pasteles de todos los colores, de todos los sabores, de todas las formas imaginables (de ahí el pensamiento, posterior, de recurrir a un tratamiento de reducción de peso). Puestos dedicados exclusivamente a distintas variedades de brownies, de pancakes, de caramelos que elaboran en el momento. Pero no, he sido fuerte y como capricho solo dejé que una peluquera me recortara un poquito, “a little little little”, las puntas. Pero por la boda. Siempre por la boda. Que por cierto, fue fantástica. Algo completamente diferente, a excepción de la sesión de fotos de los novios: con las mismas posturas y en los mismos escenarios que cualquier típica boda española.

 En la tradición china, la novia espera al novio en casa de sus padres acompañada de sus damas de honor (entre las que me incluía). Mientras éste llega junto a su séquito de “best men” (no sé cómo traducirlo… mejores amigos, quizás), las chicas preparan una serie de pruebas que tendrán que superar para cruzar la puerta de la casa. La primera, elegir uno de los zumos de sandía que se le ofrece. Uno está mezclado con miel, otro con limón, otro con wasabe y el cuarto con un vegetal muy amargo. Cada hombre tiene que beberse un vaso… luego escribir “i love you” con galletas, decirlo en quince idiomas diferentes, y pagarle a las damas de honor. Si la cantidad es satisfactoria (imagino que casi siempre lo será…), se le abre la puerta y todos entran. Se declara a la novia y todos lo celebran. “Hemos sido muy suaves porque el novio es extranjero, pero normalmente las pruebas son más difíciles”, me confiesa una de mis compañeras.

La celebración de la noche es parecida a la tradición española aunque en esta ocasión mi amiga tuvo la excelente idea de invitar sólo a sus amigos más íntimos y reducir la lista de compromisos a un número que le permitiera disfrutar con todos del momento.

La resaca de la boda la pasamos en una isla llamada Sentosa, donde aprendí un poco de Historia, un repaso a la Segunda Guerra Mundial y a la ocupación japonesa de Singapore y, al día siguiente, de despedida, un spa con el “doctor pez”, una especie que tiene especial predilección por la piel muerta y que, si le dejas, te hace un pequeño repaso para limpiarte las impurezas. La sensación, para los menos aprensivos, es como si te dieran pequeños calambres en los pies y en las pantorrillas. Al principio impresiona, pero es fácil acostumbrarse.

Aunque resulta mucho más fácil reacostumbrarse a lo bueno y a las comodidades. Ahora estoy en Malasia y el reto es desacostumbrarme de nuevo, olvidarme de los colchones de más de cinco centímetros de grosor, de las duchas con presión y del aire acondicionado, aunque me lo tomo con calma. De momento, mi primer destino, una ciudad llamada Malaca, es bastante moderno. El hostal donde me alojo es una maravilla (aunque esta noche tengo enfrente a una banda de música que amenaza con martillearme toda la noche con ritmos tradicionales). Más detalles en el próximo capítulo de esta historia.

* La fruta que estoy comiendo en las fotos se llama ‘doriam’. A la gente de aquí (Singapur y Malasia) le encanta y la consumen en crema, pasteles, cruda, natillas… El olor es tan fuerte (y desagradable) que en Singapur está prohibido entrar con esa fruta en el metro y en algunos establecimientos. Es cierto que sabe mejor que huele, pero aun así, la describiría como una mezcla de cebolla cruda caramelizada con textura de queso cremoso. Bueno, no sé, hay que probarla. Nota: se repite más que el ajo.


2 comentarios on “Vive para comer en Singapur”

  1. madariaga dice:

    Mi atribulada andariega: las tentaciones del Cristo fueron mucho más moderadas y generosas con la frente ajena. No está mal un receso para seguir con tu gira asiática. Los rascacielos a veces sirven para tomar aire. Me gustaría decir lo mismo de la deriva talasop, pero no puedo. Aún así, enhorabuena por el texto y tu recuperada carrera espiritual y alimentística. A kiss

  2. Alfonso dice:

    Después de tu paseo por Singapur y el volteo por Malasia ya estás ganando a Marco Polo con el cuentakilómetros. La fruta cebollina de la que hablas me suena muchísimo….ya sé dónde la leí antes, en ‘El retrato de Doriam Grey’. Besos


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