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Los ‘casis’ de Taipei

Hoy casi piso a un ratón paralítico que se arrastraba por un lateral de la carretera del polígono industrial que atravieso de lunes a viernes de 14.02 a 14.16 y de 18.20 a 18.37 horas (en el trayecto de vuelta tardo un poco más porque voy acompañada y dos siempre caminan más despacio. Tres minutos más despacio). No lo había visto hasta que ha empezado a moverse y, vale, lo confieso, he dado un pequeño brinco. Pero porque no me lo esperaba, no porque me haya asustado. Tenía las dos patas traseras completamente inertes. No sé si machacadas o sólo insensibles. Y se apoyaba sobre las dos extremidades delanteras o anteriores. Pero no sufría porque no estaba gritando, ni lloraba ni pedía auxilio.

Prometo que lo hubiera apartado si no me hubiera demostrado que era tan autosuficiente y feliz. Continuar leyendo »

 

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(esta parte también es opcional, por supuesto, porque todo es siempre opcional, aunque a veces no lo parezca)

 

Llueve en Taipei. No para de llover. Todo el día lloviendo. Toda la noche lloviendo. Todo el día y toda la noche lloviendo.

 La gente saca el paraguas y te lo clava en el ojo derecho si te atreves a adelantarlos sin avisar.

 Ahora están abiertos, ahora cerrados.

 ¿Los ojos o los paraguas? Los ojos. Y los paraguas, ¡ay!

La gente sale a la calle aunque llueva. Porque es fin de semana. Compran y comen. Puede que no haya nada mejor que hacer. Compran. Comen. A veces, beben. Yo también. Té con perlas. Con bolas de tapioca que se pegan a tus muelas cuando las aprietas y que saben a azúcar caliente. Si las chupas en vez de morderlas, tardan más en desaparecer, pero antes o después, desaparecen. Te dan una pajita gigante, con el mismo diámetro que las perlas, para que se metan en la boca cuando absorbes. También lo hacen sin avisar. Y de repente te encuentras con la boca llena de bolas pastosas, gelatinosas que, no sé por qué, me gustan. Me recuerdan a las gominolas que comía cuando era pequeña.

Más pequeña.

Té con leche. “Este es el mejor lugar de Taipei para probar el té con leche y perlas”. Hay cola. “Sí, porque éste es el mejor lugar de Taipei para probar el té con leche y perlas”. 

¿Sí?

Sí. Dos tés con leche y bolas. Perlas, perdón. Xie xieeé.

 De nuevo demasiada leche. Que dejen ya de estrujar a las vacas. No nos gusta la leche. No queremos leche. Queremos té con perlas de tapioca.

Perlas de tapioca en Taipei.

Ta-

pio-

ca.

Tai-

pei.

Casi, pero no.

“¿No te gusta la leche? Habérmelo dicho antes y lo hubiéramos pedido sin leche”.

Emmm… pues sí.

Estoy con un amigo en Taipei City. En Gongguan. Zona comercial. Ya es de noche y el mercado está lleno. Huele a comida.

Me he comprado unos zapatos para la lluvia. Son bonitos y verdes, verde militar. Por ese orden. Así no me mojaré los dedos más.

Aunque ha parado de llover. 

 

(Ahora viene una cuenta atrás para que siga la música y conseguir el efecto deseado -por mí, que como a veces me aburro, me da por pensar en este tipo de experimentos que -a mí y espero que no solo a mí- me hacen mucha gracia..)

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Sueños en voz alta

Ayer tendría que haberme ido a Arsiria, pero mi jefe no me llamó. Me pasé toda la noche esperando a que me llamara. Mirando una y otra vez un teléfono que no entiendo y que me saca la lengua cuando pulso los botones. ‘Contactos’, ¿dónde están los contactos, dónde está la agenda? Botón verde. Maldito aparato. No da más que problemas. “Pero es tan bonito, ¿verdad? El mío combina con mi camiseta y con esta cosa (ridícula, absurda, espantosa) que llevo en la cabeza, me dice con una sonrisa estúpida una niña que no conozco.

Imbécil 

Ninguna llamada, no missing calls. Perdí los vuelos, Tenía tres. Uno de Taipei a Pakistán, otro de Pakistán a Irán y el último, a las cuatro de la tarde, a Arsiria. Me da tiempo. Todavía me da tiempo. ¿Pero por qué no me llama? Le pido a mi madre que recoja los billetes mientras intento arrancarle la lengua al teléfono de un bocado. Dos de los vuelos han salido ya y mi cabeza da vueltas. ¿Ahora qué, eh? (retumba) ahora qué y ahora qué.

El teléfono en una mano, los billetes, manchados de café (sin leche), en la otra. Y mi jefe que no llama. No sé qué hacer. Puedo cambiar los billetes y quizás me dé tiempo a montarme en ese último avión.

El avión que se va. Tu último avión. ¿Se te pasó el avión? ¿Cómo era aquello? Da igual.

Tengo que ir a Arsiria, la guerra acaba de empezar y alguien tiene que contarla. Me toca a mí. Por fin me toca a mí. Pero no sé qué hacer. ¿Por qué nadie me llama para decirme lo que tengo que hacer?

Debería tomar una decisión. Pero ¿y si me equivoco? El avión se va. Que se va ¿Se va? Pues no he cambiado los billetes todavía. No sé a quién llamar. Mi teléfono no funciona, se ha quedado sin lengua y ahora me gusta menos. Ya ni siquiera combina con el collar azul. No me sirve No lo quiero. El teléfono en una mano, los billetes en la otra. Los miro, me miran, no me llama, los billetes, el teléfono, mi jefe, la guerra, Arsiria, pero dónde está Arsiria, si Arsiria no existe, el teléfono, los billetes, la almohada, qué incómoda es esta almohada, qué hago, llamo, no llamo, me voy, me quedo.

Mi avión se va. La guerra ha empezado.

Me quedo en Taipei.

- Emm… good morning.

- Zao, ni hao ma?

- Hai hao, xiexie, ni ne?

- …

 

Llueve otra vez. No para de llover.

 

*La canción es de Sigur Ros.

Taipei y el silencio

Silencio.

 Shhhhhh.

 Silencio.

 Una niña corre. Tira algo al estanque. Se ríe. Estridente. Desagradable.

 Silencio.

 Dos lesbianas se besan, me miran, se sonrojan, se van.

 Nada.

Silencio.

Una mujer grita. Su gato ha saltado desde el balcón y ha reventado como un globo de agua. Grita y llora. Es la segunda vez que le pasa.

Sigue el silencio.

La niña se cae al suelo. Se le ven las bragas. El padre la recoge y le retira de la cara un mechón de pelos atrapado en la comisura de los labios. Ella sonríe, agarra la mano de su héroe y se van.

Aún silencio.

Globos de colores, conversaciones por teléfonos (ojalá fueran) imaginarios, un mensaje que no llega, que llegó, y de nuevo el café con demasiada leche. Lo acabo y me voy. A otro lado. Con mi silencio.

Estoy en Taipei. Y, por ahora, las voces siguen calladas.

Shhhh.

Me estoy volviendo loca. Veo sombras que van y vienen pero que no se atreven a enfrentarse. Son sombras que se mueven en los laterales de mi imaginación y que supongo con cabeza de cucaracha y ojos verdes de mosca. Sueño con  escarabajos que me suben por la espalda y esta tarde he seguido hasta el río a un bucentauro (no estoy segura, últimamente sueño mucho) que corría por la playa en busca de su amante, la vaca Margarita, que por cierto iba hoy muy guapa. Creo que se ha ido para allá, le grito insegura, pero no me ha oído. Creo.

huellasminotauro

 El viento también está nervioso esta noche. Cruje el techo de mi cabaña y creo que se va a caer sobre mi cabeza, me va a partir el cerebro en dos y una de las partes va a salir rodando hacia la playa. Creo que se quiere ir ya de aquí. Pero no sé por qué. Si aquí estamos bien. Ya, no hacemos nada especial, descansar, escribir, soñar. Sí, claro, rechista, y pasar miedo. Y asco, que el asco no se me quita. Si es que… siempre ha sido un poco delicadita la pobre. Y, bueno, esto no está muy limpio, y sí, puede que haya algún que otro bicho y que, de un momento a otro, nos visiten nuestras amigas, las de las antenas. Pero ya lo sabíamos, ¿eh?, le recrimino. Cuando decidimos venir a la India otra vez, ya sabíamos que esto era lo que nos íbamos a encontrar y aun así, siempre compensa, le insisto. Además, esto está demasiado limpio para lo que podría estar, dice la otra parte, la atrevida, escondiéndose detrás de mi hombro para no provocar demasiado a su gemela. Ya veremos, las tranquilizo a ambas. Vamos a esperar un par de días más o tres y, si no nos convence lo que estamos haciendo, nos vamos.

Nada, sé que hoy, otra vez, me van a dar la noche. Ya me la dieron ayer y hoy, lo sé, van a seguir. Y lo peor es que el corazón le sigue el rollo a estas dos, se pone también tonto y se acelera. Y claro, así no hay quien duerma. 

 Acabamos de llegar a Palolem. Al sur de Goa, en el suroeste de la India. Estamos esperando. A que llegue un barco y nos rescate. También podríamos coger un autobús. Y luego un avión. Pero sería tan aburrido. Continuar leyendo »

Hace una semana…

stars

 

 

Uno se da cuenta del significado de estar solo cuando ve un camino de estrellas de mar y vuelve la cabeza para contarle a Nadie lo bonito que le parece…

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